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Cristina Garrido: Boothworks en la galería The Goma


Luis Francisco Pérez

Historiador y crítico de arte

Crítica de la exposición Boothworks, The Goma (Madrid, 2017), publicado en la página de Facebook del autor.



El Sistema Arte es en puridad una sociedad ficticia (incluso es posible que más “secreta” de lo que creemos), o si se desea expresarlo de diversa manera: una estrategia organizativa de plural y muy variado reconocimiento. También una metáfora de estructura social, o una tautología defensiva y defensora de sí misma. A esta compleja realidad en la definición de sus estructuras o atributos formales es lo que, no sin cierta comodidad semántica, hemos dado en llamarlo Sistema Arte. Pues bien, sobre estos frágiles y cambiantes espacios de significación gira la inteligente y muy teatral –de alguna manera una muy seria representación de lo que antaño se entendía como “sofisticada alta comedia”– última muestra de Cristina Garrido (Madrid, 1986) en su ciudad natal. Su título es “Boothworks”, que lo vamos a traducir sin fidelidad alguna a su aproximado sentido, pero sí en libérrima y traidora “versión” como una “blanca alegoría del arte como realidad comercial”. Por cierto: ¿Toda “alegoría” es siempre una “estampa melancólica” como insiste Susan Sontag en su conocido ensayo sobre Walter Benjamin “Bajo el signo de Saturno”? Es posible que sí (esta muestra lo es), pero siempre y cuando el artista (y el lector y espectador también, por supuesto) sepan medir el grado de “realidad” (o de ficción: viene a ser lo mismo) que podemos soportar en esa productiva alegoría.

Cristina Garrido ha creado en esta ocasión una tan delicada como cruel feria de las vanidades en el espacio de la galería. Ha escenificado (es muy importante insistir en una cierta terminología propia del teatro) un aséptico stand de feria de arte como si fuera una “matrioska”, esas graciosas muñecas rusas en las que más que esconderse unas dentro de las otras se diría que “se dan a luz” en un inacabable parto de mayor a menor, desde el Todo hasta la Nada, desde el absoluto incuestionable de su invasiva presencia hasta la insignificancia de una realidad casi invisible. De ahí, que en este stand –“más limpio que los chorros del oro”– uno se pregunte si es, tautológicamente, “oro todo lo que reluce”, e incluso si el cegador blanco del profesional interiorismo diseñado no será una fría e irónica confirmación con respecto a quienes piensan que el virginal blanco es el triste color de la indiferencia. Todo stand de feria vende, “mironianamente”, el color de los sueños que el coleccionista desea poseer, y esa tan bella transacción se realiza, indefectiblemente, bajo la prosa, de escasa poética, de una rotunda transacción comercial. O manifestado de manera más suave: como una realidad “escondida”, o desaparecida, en el apacible momento –auténtica “escena del sofá” de la dramaturgia burguesa- donde se descansa y platica cómodamente sentados, galerista y comprador (a veces también el artista) en los típicos sillones tan reconocibles que casi todas las galerías tienen en los stands de feria. Es decir, y aquí está la idea más brillante y sugerente que la artista ha desarrollado: dado que unos quieren vender y otros comprar es lógico que el sagaz interiorismo de los stands de ferias artísticas se haya convertido en una disciplina creativa más, en un género a agregar a los ya conocidos y asumidos; en una variante, en definitiva, de las estrategias comunicacionales revestidas de procesos, en este caso, más estéticos que artísticos. Además, el galerista también tiene derecho a ser tan “creativo” como los artistas que expone y vende.

Como nos encontramos ante una divertida y muy sofisticada alta comedia, pero sobre todo una comedia muy inteligente, Cristina Garrido ha querido que la dramaturgia creada tenga las mismas cualidades de una buena representación teatral: inquietantes cuadros que algo significan pero no sabemos bien qué; televisiones (más que vídeos) donde gente (artista, críticos, teóricos, profesores…) del pasado nos hablan, cual sibilas, “de aquello que vendrá”; sillones y mesitas con catálogos donde se escenifica un acto sin palabras; carteles anunciadores de una posible redención a partir del arte… Inquietante, desde luego. No se trata, ciertamente, de ninguna obra perdida y encontrada del teatro del absurdo, pero sí de una representación de rara y extraña melancolía servida con un frío naturalismo burocrático. En esta representación teatral no hay actores –están en un inquietante “fuera de campo: de hecho lo somos todos–, pero sí nos alteran lúcidas voces o imágenes, casi de ultratumba al estar las opiniones y las imágenes teatralmente alteradas o reformuladas, de artistas que quisieron crear un arte de la desaparición o de la desubicación (Michael Asher), o de la alteridad y crítica institucionales (Gustav Metzger), o de la violenta irrupción dramática (Bruce Nauman), o de la comunión con la tierra y la naturaleza (Robert Smithson). Ello fue en torno a la década que transcurre entre 1965 y 1975, y es documentación que nuestra artista, eficiente espigadora, saca del baúl sin fondo de internet o de plataformas como “Vernissage TV”, o páginas de información profesional que en muchas ocasiones no son sino reuniones de mesa camilla en una portería de casa de vecinos. Pues bien, esas voces llegan a nuestro presente como contrapunto dramático y muy bien presentado de la alta comedia que la artista ha sabido admirablemente escribir y escenificar. Y el resto…, el resto lo debe poner el espectador, y uno agradece al artista tan respetuosa consideración. En última instancia, ya lo dijo Paul Verlaine con arrogante suficiencia poética y no desprovista de sentida y cínica melancolía: “Et tout le reste est littérature”.